Oficios y costumbres que parecían formar parte de las calles de la ciudad han desaparecido sin apenas dejar huella. Algunos ya formaban parte de la más vieja memoria, pero otros son casi de ayer mismo. Y sin embargo, unos y otros se quedaron obsoletos sin que pudiera salvarlos su propia cotidianidad. Hoy, esas imágenes recuperadas de viejas escenas nos hablan de un mundo más pueblerino, menos global, tal vez “más cateto”, pero también más humano. No deseo esconderme tras el manido discurso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, sólo deseo con estas líneas que el lector, a la vez que la que escribe, reflexione sobre si en nuestro camino por "avanzar" hemos dejado algo en el camino.
La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria se estableció en torno al antiguo cauce del Barranco del Guiniguada, principal foco económico y comercial de la isla en el s. XIX, y en él hasta hace poco se encontraban dos puentes, que ayudaban a los transeúntes a pasar de un margen a otro, de Triana a Vegueta. Y por ellos, se sucedieron acontecimientos que quedaron grabados en la memoria de los más viejos pobladores de la zona y que algunos jóvenes, quienes tengan la suerte de oír a estos ancianos, tal vez puedan, si les interesa lo suficiente, transmitir la pequeña historia, que es la historia oral, a futuras generaciones. En esta historia oral se oirán entremezclados, acontecimientos que oyeron de generaciones anteriores y que, al oírlos de viva voz, parece como si cobrasen vida. En torno al Guiniguada, se oirán las sempiternas historias de cuando tenían lugar las grandes crecidas del barranco, que llevaba con él, en dirección hacia el mar todo lo que pillaba: puertas, tejados, animales… y algún pobre diablo al que pillara despistado. Y con estos recuerdos, también se nos transmite la advertencia de que un día encontraremos a la ciudad en medio de la marea, por eso de ganarle, progresivamente, terreno al mar.
Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad joven, con cinco siglos de historia desde su fundación, que creció y se desarrolló vertiginosamente durante el último tercio del s. XIX, a raíz de la construcción del Puerto de la Luz en la bahía de la Isleta. Antes de producirse ese proceso expansivo, que la ha llevado a convertirse en la gran urbe que hoy conocemos, nuestra ciudad se debatía en dura lucha con su propia realidad ante la esperanza de un futuro incierto.
A mediados del XIX (1845-1855), Las Palmas de Gran Canaria apenas había roto el cerco de sus primitivas murallas. Dentro de su perímetro, sólo dos barrios: los ya mencionados Vegueta y Triana. Fuera de él, aparte del incipiente barrio de Arenales, los núcleos de población humilde conocidos como “riscos”: S. José, S. Juan, S. Roque, S. Francisco, S. Nicolás y S. Lázaro. Y todos los pobladores de estos barrios desarrollaban su vida al ritmo que marcaban las campanas de su inacabada catedral.
Esta pequeña ciudad fue capaz de atraer la atención de los visitantes extranjeros que llegaban hasta ella, y gracias a su visión podemos hacernos una idea del aspecto que la ciudad ofrecía. En ellas se nos habla de la sorpresa que se producía al ver la curiosa arquitectura de las casas de las islas, se nos describía con todo lujo de detalles los rincones más singulares de la ciudad, junto al alboroto que se vivía en su mercado… Sin embargo, a pesar de la ayuda que representan estas descripciones, son relatos que dependen de la subjetividad de sus autores, que muy frecuentemente, omiten las condiciones sociales y económicas en que se desenvolvía la vida de los habitantes de Las Palmas de Gran Canaria, y que sin duda, hubiera contribuido a proporcionamos una idea más completa del ambiente urbano en aquel momento. La base sobre la que se sostenía la población de esta ciudad a mediados del XIX, carente casi por completo de industria, era la agricultura: fundamentalmente cerealista y de autoconsumo, pues se había producido ya la decadencia del vino, importante fuente de ingresos para las islas.
Por otra parte, desde la Guerra de la Independencia, las islas vivían en una situación de crisis económica que se agudizó durante el reinado de Fernando VII, a la que se añadirían las desgracias naturales que se repitieron durante la primera mitad del siglo: entre otras hay que destacar la terrible plaga de langosta que atacó los campos y huertas de la isla entre noviembre de 1844 y marzo de 1845, devastando totalmente los cultivos, y la no menos terrible sequía del año 1846. La consecuencia de todo esto será la pérdida casi absoluta de las cosechas, la escasez de alimentos y el hambre.
Además en estos años centrales del siglo, la economía canaria en general no había recogido aún el fruto que supuso la declaración de Puertos Francos de 1852, ni la cochinilla, cuyo cultivo ya se practicaba, había alcanzado las cifras de producción que se observarían en la década de los sesenta, cuyo comercio resultó una verdadera fuente de riqueza. En este período que abordamos, una nueva desgracia se cebó sobre la población: una epidemia de cólera morbo asiático se detectó en la ciudad el 24 de mayo de 1851, extendiéndose con gran rapidez.
Todas estas circunstancias tenían su reflejo en el ambiente urbano que esta ciudad ofrecía a mediados de la centuria, cuyo seguimiento puede realizarse, además de por los datos que puede ofrecer el archivo municipal, por la prensa de la época, en cuyas páginas se denunciaba el estado de abandono de la ciudad. Las calles aparecían desaseadas, y la suciedad surgía en muchos puntos de la población: el agua, que se empantanaba en los depósitos de agua sucia, llegaba a producir un hedor insoportable, como según se denunció en repetidas ocasiones sucedía en la calle Triana. Los animales merodeaban con frecuencia por las calles: perros vagabundos, gallinas, pollos…
Abundaban los montones de escombros, procedentes de los arreglos que los vecinos efectuaban en sus casas, su presencia suponía un serio peligro, especialmente porque muchos vecinos tenían la “sana costumbre” de arrojarlos a la calle desde las azoteas de sus viviendas. La hierba crecía por los paseos, e incluso en las plazas, denunciándose su presencia en los lugares más céntricos, las baldosas de gran parte de las calles y plazas estaban levantadas, ya por el deterioro propio del uso y el no atenderse a su reparación y mantenimiento, ya por el poco cuidado de los conductores de bestias y carros que transitaban por la ciudad, subiéndose a las aceras. Las mujeres barrían sus calles los sábados sin proceder antes a regarlas, tal como disponían las Ordenanzas Municipales, por lo que no resulta difícil imaginarse que el sábado se convertía en la ciudad en un “día nublado” por el polvo que se levantaba en las calles.
A todo ello, y para contribuir aún más a esbozar este panorama urbano, hay que añadir las deficiencias en el alumbrado público, a base de lámparas de aceite, cuyo suministro debía ser tan parco que apenas llegaba para mantenerlas encendidas hasta las nueve de la noche. Las quejas y protestas públicas por esta deficiencia se multiplicaban, ya que se exigía a los vecinos una contribución mensual para mantener este servicio. El agua escaseaba en los pilares, las vendedoras tomaban las calles y puentes para establecer sus puestos de fruta y verduras, y los niños ocupaban las calles ante la poca costumbre de muchos padres de enviarlos a las escuelas, ayudada por el insuficiente número de ellas.
La explicación para esta falta de recursos vendría provocada por la crisis económica, aunque también mucha culpa se encontraba en la ineficacia de la policía y autoridades locales, que no tomaban las medidas oportunas y severas precisas para impedir que se produjesen algunos de estos abusos, como aventar el grano en las calles, permitir depositar en ellas materiales o escombros… Lo que se desprende de estos aspectos es una sensación de dejadez por parte de las autoridades, una especie de desánimo generalizado que contribuía a que la población se sumiese cada vez más en el caos y en el desorden.
No es el objetivo de estas líneas el ofrecer una visión pesimista del pasado de esta ciudad, pero es un riesgo que se corre al tratar de ofrecer las dos caras de una realidad. Por ejemplo, la presencia de animales transitando por las calles no era lo mejor para asegurar la limpieza de la ciudad, sin embargo la presencia del ganado transitando por ella era el mayor certificado de pureza de la leche que se consumía. Y aunque se han perdido desagradables olores, también se han perdido aromas como el millo recién tostado de las casas antes de llevarlo al molino, el del café tostándose… No se trata pues, de establecer un juicio, sino de ofrecer la visión que ofrecía la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, y que se ha tratado de ofrendar, a modo de instantáneas, como modesta contribución, para rememorar la ciudad de nuestro pasado, justo antes de despertar a la luz del progreso que la ha llevado a convertirse en la gran urbe que hoy disfrutamos... y sufrimos.
La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria se estableció en torno al antiguo cauce del Barranco del Guiniguada, principal foco económico y comercial de la isla en el s. XIX, y en él hasta hace poco se encontraban dos puentes, que ayudaban a los transeúntes a pasar de un margen a otro, de Triana a Vegueta. Y por ellos, se sucedieron acontecimientos que quedaron grabados en la memoria de los más viejos pobladores de la zona y que algunos jóvenes, quienes tengan la suerte de oír a estos ancianos, tal vez puedan, si les interesa lo suficiente, transmitir la pequeña historia, que es la historia oral, a futuras generaciones. En esta historia oral se oirán entremezclados, acontecimientos que oyeron de generaciones anteriores y que, al oírlos de viva voz, parece como si cobrasen vida. En torno al Guiniguada, se oirán las sempiternas historias de cuando tenían lugar las grandes crecidas del barranco, que llevaba con él, en dirección hacia el mar todo lo que pillaba: puertas, tejados, animales… y algún pobre diablo al que pillara despistado. Y con estos recuerdos, también se nos transmite la advertencia de que un día encontraremos a la ciudad en medio de la marea, por eso de ganarle, progresivamente, terreno al mar.
Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad joven, con cinco siglos de historia desde su fundación, que creció y se desarrolló vertiginosamente durante el último tercio del s. XIX, a raíz de la construcción del Puerto de la Luz en la bahía de la Isleta. Antes de producirse ese proceso expansivo, que la ha llevado a convertirse en la gran urbe que hoy conocemos, nuestra ciudad se debatía en dura lucha con su propia realidad ante la esperanza de un futuro incierto.
A mediados del XIX (1845-1855), Las Palmas de Gran Canaria apenas había roto el cerco de sus primitivas murallas. Dentro de su perímetro, sólo dos barrios: los ya mencionados Vegueta y Triana. Fuera de él, aparte del incipiente barrio de Arenales, los núcleos de población humilde conocidos como “riscos”: S. José, S. Juan, S. Roque, S. Francisco, S. Nicolás y S. Lázaro. Y todos los pobladores de estos barrios desarrollaban su vida al ritmo que marcaban las campanas de su inacabada catedral.
Esta pequeña ciudad fue capaz de atraer la atención de los visitantes extranjeros que llegaban hasta ella, y gracias a su visión podemos hacernos una idea del aspecto que la ciudad ofrecía. En ellas se nos habla de la sorpresa que se producía al ver la curiosa arquitectura de las casas de las islas, se nos describía con todo lujo de detalles los rincones más singulares de la ciudad, junto al alboroto que se vivía en su mercado… Sin embargo, a pesar de la ayuda que representan estas descripciones, son relatos que dependen de la subjetividad de sus autores, que muy frecuentemente, omiten las condiciones sociales y económicas en que se desenvolvía la vida de los habitantes de Las Palmas de Gran Canaria, y que sin duda, hubiera contribuido a proporcionamos una idea más completa del ambiente urbano en aquel momento. La base sobre la que se sostenía la población de esta ciudad a mediados del XIX, carente casi por completo de industria, era la agricultura: fundamentalmente cerealista y de autoconsumo, pues se había producido ya la decadencia del vino, importante fuente de ingresos para las islas.
Por otra parte, desde la Guerra de la Independencia, las islas vivían en una situación de crisis económica que se agudizó durante el reinado de Fernando VII, a la que se añadirían las desgracias naturales que se repitieron durante la primera mitad del siglo: entre otras hay que destacar la terrible plaga de langosta que atacó los campos y huertas de la isla entre noviembre de 1844 y marzo de 1845, devastando totalmente los cultivos, y la no menos terrible sequía del año 1846. La consecuencia de todo esto será la pérdida casi absoluta de las cosechas, la escasez de alimentos y el hambre.
Además en estos años centrales del siglo, la economía canaria en general no había recogido aún el fruto que supuso la declaración de Puertos Francos de 1852, ni la cochinilla, cuyo cultivo ya se practicaba, había alcanzado las cifras de producción que se observarían en la década de los sesenta, cuyo comercio resultó una verdadera fuente de riqueza. En este período que abordamos, una nueva desgracia se cebó sobre la población: una epidemia de cólera morbo asiático se detectó en la ciudad el 24 de mayo de 1851, extendiéndose con gran rapidez.
Todas estas circunstancias tenían su reflejo en el ambiente urbano que esta ciudad ofrecía a mediados de la centuria, cuyo seguimiento puede realizarse, además de por los datos que puede ofrecer el archivo municipal, por la prensa de la época, en cuyas páginas se denunciaba el estado de abandono de la ciudad. Las calles aparecían desaseadas, y la suciedad surgía en muchos puntos de la población: el agua, que se empantanaba en los depósitos de agua sucia, llegaba a producir un hedor insoportable, como según se denunció en repetidas ocasiones sucedía en la calle Triana. Los animales merodeaban con frecuencia por las calles: perros vagabundos, gallinas, pollos…
Abundaban los montones de escombros, procedentes de los arreglos que los vecinos efectuaban en sus casas, su presencia suponía un serio peligro, especialmente porque muchos vecinos tenían la “sana costumbre” de arrojarlos a la calle desde las azoteas de sus viviendas. La hierba crecía por los paseos, e incluso en las plazas, denunciándose su presencia en los lugares más céntricos, las baldosas de gran parte de las calles y plazas estaban levantadas, ya por el deterioro propio del uso y el no atenderse a su reparación y mantenimiento, ya por el poco cuidado de los conductores de bestias y carros que transitaban por la ciudad, subiéndose a las aceras. Las mujeres barrían sus calles los sábados sin proceder antes a regarlas, tal como disponían las Ordenanzas Municipales, por lo que no resulta difícil imaginarse que el sábado se convertía en la ciudad en un “día nublado” por el polvo que se levantaba en las calles.
A todo ello, y para contribuir aún más a esbozar este panorama urbano, hay que añadir las deficiencias en el alumbrado público, a base de lámparas de aceite, cuyo suministro debía ser tan parco que apenas llegaba para mantenerlas encendidas hasta las nueve de la noche. Las quejas y protestas públicas por esta deficiencia se multiplicaban, ya que se exigía a los vecinos una contribución mensual para mantener este servicio. El agua escaseaba en los pilares, las vendedoras tomaban las calles y puentes para establecer sus puestos de fruta y verduras, y los niños ocupaban las calles ante la poca costumbre de muchos padres de enviarlos a las escuelas, ayudada por el insuficiente número de ellas.
La explicación para esta falta de recursos vendría provocada por la crisis económica, aunque también mucha culpa se encontraba en la ineficacia de la policía y autoridades locales, que no tomaban las medidas oportunas y severas precisas para impedir que se produjesen algunos de estos abusos, como aventar el grano en las calles, permitir depositar en ellas materiales o escombros… Lo que se desprende de estos aspectos es una sensación de dejadez por parte de las autoridades, una especie de desánimo generalizado que contribuía a que la población se sumiese cada vez más en el caos y en el desorden.
No es el objetivo de estas líneas el ofrecer una visión pesimista del pasado de esta ciudad, pero es un riesgo que se corre al tratar de ofrecer las dos caras de una realidad. Por ejemplo, la presencia de animales transitando por las calles no era lo mejor para asegurar la limpieza de la ciudad, sin embargo la presencia del ganado transitando por ella era el mayor certificado de pureza de la leche que se consumía. Y aunque se han perdido desagradables olores, también se han perdido aromas como el millo recién tostado de las casas antes de llevarlo al molino, el del café tostándose… No se trata pues, de establecer un juicio, sino de ofrecer la visión que ofrecía la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, y que se ha tratado de ofrendar, a modo de instantáneas, como modesta contribución, para rememorar la ciudad de nuestro pasado, justo antes de despertar a la luz del progreso que la ha llevado a convertirse en la gran urbe que hoy disfrutamos... y sufrimos.
Por Jennifer Guerra Hernández
Me quedo con el recuerdo del olor al molino de cafe en la calle Rosarito del puerto... lo disfrutaba y lo añoro, un saludo Jennifer y buen artículo, tenemos que tener memoría histórica en todos los sentidos
ResponderEliminarBarry: Buen artículo Jennyfer, te felicito por él. A mi algunas veces "me duele" mi ciudad... sobre todo cuando contemplo la impasividad e indolencia de algunos de sus gobernantes que predican "la vamos a poner donde se merece" y la verdad es que no saben como hacerlo.
ResponderEliminarComo dijo Secundino: Para que una ciudad progrese adecuandamente solo tiene que tener dos cosas: "Raices y Proyección" a nuestros gobernantes municipales les falta saber como proyectar a la Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.
Felicidades por el artículo y gracias por tenerme en tu consideración enviandomelo.
Saludos muy cordiales.